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Bagan, la ciudad sagrada de Birmania

Bagan, ciudad considerada como uno de los complejos religiosos abandonados más imponentes del mundo, es uno de los puntos espirituales más visitados del país tanto por los extranjeros como por los burmeses.

Su situación junto al río Ayeryarwady, la arteria fluvial del país que también baña la ciudad de Yangón, y la proximidad del monte Popa, lugar sagrado del Budismo, convirtieron a Bagan en la capital del antiguo imperio birmano entre los siglos IX y XIII.

Visitada por Marco Polo, se dice que en su momento de esplendor la ciudad tenía más de 10.000 monumentos entre templos, pagodas y estupas. Los desastres naturales y los saqueos han disminuido el número pero pese a ello aún están en pie (según los últimos estudios llevados a cabo en el 2016) alrededor de 3822 construcciones religiosas distribuidas en un área de 42 km2.

Los desastres que provocaron más daños fueron el terremoto del 1975 (magnitud 8) y el del 2016 (magnitud 6.8). A raíz se estos se decidió llevar a cabo unos estudios preliminares para catalogar todos los monumentos aún en pie y restaurar los templos en peor estado.

Bagan ha intentado presentarse para ser incorporada en la lista de Patrimonios de la Humanidad de la UNESCO numerosas veces pero todas las solicitudes han sido denegadas. Las reformas llevadas a cabo por los locales, con toda su buena intención, han resultado en algunos casos demasiado invasivas ya que rompen con la estética y con el cromatismo de los templos (algunos interiores han sido alicatados con baldosas de cocina de color granate). Es por ello que a partir del mes de Enero del 2018, el gobierno se ha propuesto un plan de mejora que ha empezado con la prohibición de escalar la mayoría de templos.

Esta prohibición es un primer paso no solo para demostrar a la UNESCO la viabilidad del nombramiento sino también para controlar el turismo de cara al futuro. Después de lo que he visto en estos últimos meses, pienso que una propuesta con mucho sentido común. Actualmente unos 4,5 millones de turistas al año vistan este país, cifra muy baja si la comparamos con los más de 32 millones que visitan Tailandia o las siete mil personas que acuden diariamente a la salida del sol en Angkor. Según las cifras Myanmar es el país menos visitado del Sudeste Asiático y efectivamente se ha notado en Bagan. Pese a ser el highlight turístico del país aún se puede visitar con total tranquilidad. Es una buena idea intentar controlar el auge del turismo antes de que el gran monstruo consumista convierta Bagan en un nuevo parque temático.

La estancia de cinco días ha sido una de las más largas durante este viaje pero no me ha sobrado ni un solo día. De hecho, la tranquilidad de Bagan invita a quedarte más. Puedes sentir un cierto magnetismo que te ata a este lugar. Lo usual es visitar una serie de templos como si se tratara de tachar asuntos en una lista, es entendible que si te corre prisa quieras ver los lugares más destacados pero es mejor tomarse las cosas con calma.

El primer día si que visité los lugares de rigor y pude subir a uno de los pocos templos con las terrazas abiertas al público. Ver desde lo alto esta llanura de tierra roja con templos escondidos entre la vegetación es un espectáculo prodigioso, pero la experiencia acumulada me dice que los mejores lugares no son los más renombrados. Acabé viendo mejores salidas y puestas de sol en medio de campos desolados y en completo silencio.

En total acabé entrando en unos 48 templos, desde los más conocidos hasta algunos que no tenían ni nombre y estaban catalogados solamente con un número. Entre templo y templo disfrutaba de kilométricas vueltas con mi flamante e-bike y su velocidad punta de 35kmh (solo puedes alquilar pequeñas motocicletas eléctricas, los turistas no podemos usar motos en esta ciudad). Conducir estos silenciosos cacharros siempre acababa siendo uno de los mejores momentos del día por lo divertido que era llevarlos tanto por carretera asfaltada como por campos de cultivo o bancales de arena.

Bagan no solo es visitar templos, este rincón de Myanmar ofrece mucho más. Entre los campos puedes visitar aldes para probar la gastronomía local y conocer los métodos artesanales de fabricación de objetos que se transmiten entre generaciones desde hace siglos. Uno de los lugares que visité fue la aldea West Pwa Saw, en la cual viven 572 personas en 133 familias.

Aquí puedes experimentar el estilo de vida típico de la aldea birmana y el ambiente relajado de la vida en comunidad. Estuve unas horas con la familia Tun Tun que sobrevive a través de la venta de objetos de bambú lacados. Me mostraron su humilde casa, su cocina tradicional y me presentaron todos los componentes del clan (desde la abuela hasta los bebés recién llegados) haciendo gala de la simpatía y la bondad del pueblo birmano.

El lacado es una tradición ancestral en Bagan. Los primeros objetos datan del siglo XI pero siguen siendo protagonistas actualmente como accesorios en la vida cotidiana. Toda la familia está implicada en el proceso de producción, desde el cultivo de bambú hasta la venta, pasando por su confección, las 12 capas de pintura y el rascado. Todo es mimado con el máximo esmero posible dentro de sus recursos limitados. Lo que ganan de la venta sirve para apoyar y mantener la comunidad, todo lo que compramos sirve para garantizar un mejor futuro para estas personas.

Visitando este lugar me vino en mente una frase de Aung Sang Suu Kyi que leí hace poco, creo que es acertada y que resume perfectamente el recuerdo que tendré de esta amable familia.

“No hay nada que pueda compararse con el valor de las gentes normales cuyos nombres son desconocidos y cuyos sacrificios pasan inadvertidos. El valor que se atreve sin el reconocimiento, sin la protección de la atención de los medios, es un valor que humilla e inspira y reafirma nuestra fe en la humanidad.”

Bagan no solo es un destino turístico, ha resultado ser un lugar de personas anónimas que, sin quererlo, se han convertido en guardianes de un lugar fuera de lo común. Muchos de ellos viven y trabajan en los templos, pintándolos, reparándolos o simplemente custodiándolos. Para ellos es una gran responsabilidad y un gran honor lograr mantener en pie lo que fue la capital de su país durante siglos. Por todo esto no piden reconocimiento alguno, solo que respetemos su hogar.