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Birmania, todo es distinto a lo que conoces

Después de dejar atrás el color verde de Vietnam, me dirijo a un país donde según el escritor Rudyard Kipling, todo es distinto a lo que conoces. Un país cuyo alfabeto está basado en el sánscrito y que deriva del pali, la lengua sagrada del budismo. Birmania, Burma, Myanmar.

Es muy curioso caminar por las calles de Yangón, antigua capital y primera etapa del viaje, ya que muchos locales se interesan por ti, te preguntan y sobretodo te sonríen. Las ganas de novedad se pueden palpar en el ambiente, aquí los occidentales aún somos unos extraños. No hay que olvidar que pese a que Birmania se esté abriendo paulatinamente al turismo aún hay zonas (las que producen arroz, café, té y opio) en las que el acceso está prohibido a los extranjeros.

Me llama mucho la atención la cercanía y la amabilidad de la gente; en un país que ha sido gobernado durante cinco décadas por una junta militar te esperas totalmente lo contrario. Birmania hace un lustro era considerada uno de los estados más represivos y aislados del planeta. La censura y el aprisionamiento callaron a los disidentes durante generaciones. La historia reciente del país es tremendamente convulsa, si os interesa aquí tenéis una breve explicación.

En los medios locales aún se habla sobre el traspaso de poder al gobierno civil liderado por Thein Sein que en 2011 inició un período de reformas políticas, económicas y sociales recompensadas por la Unión Europea y Estados Unidos con el levantamiento de la mayoría de sanciones impuestas hasta entonces. Tras las reformas, las elecciones democráticas del año 2015 fueron recibidas con mucha expectación.

Ganó el partido democrático liderado por la premio Nobel de la paz Aung Sang Suu Kyi con el 79% de los escaños, aunque actualmente la junta militar sigue teniendo el poder ejecutivo en el país. Aún perduran las sombras políticas de la época militar, la dictadura ha cambiado de cara pero no ha sido derrotada. Desgraciadamente los enfrentamientos con algunas minorías étnicas birmanas son cotidianos. El caso de los Rohingyas, minoría musulmana víctima de un lento genocidio llevado a cabo por los militares y extremistas budistas, en muchas ocasiones ha sido noticia también en los diarios occidentales. El silencio de Suu Kyi ante estos sangrientos enfrentamientos ha sido ampliamente criticado; es incomprensible tanto que una Nobel de la paz tan preocupada por su país no haya movido ni un dedo como que exista una rama del budismo dedicada al nacionalismo y a la violencia.

Pese a este presente de sombras grises, Birmania es una experiencia única en el mundo por su gente y sus tradiciones. El viaje no es fácil, aquí es complicado planificar rutas, pero eso permite que vivas experiencias más auténticas. Viajando por sus tierras este país te enseña el poder de la sonrisa y la fuerza de la paciencia.

Durante los días que he pasado en Yangón he decidido mezclarme con la gente local, acudir a sus puntos de rezo y sus mercados. Visitar las entrañas de la ciudad. La mejor opción para ello ha sido moverme con los medios de transporte del pueblo, entre ellos el tren circular que conecta toda la el área metropolitana con los campos de cultivo de la periferia.

Absténgase personas sin paciencia y que busquen comodidad. La red ferroviaria sigue siendo la misma que construyeron los colonos británicos a principios del siglo pasado, solamente han sido substituidos los convoyes por trenes japoneses de los años ochenta.

Durante el trayecto recuerdo la cita de Kipling, es verdad que en Birmania todo es diferente. Los hombres llevan falda, el Longyi, un tubo de tela que después de dos energéticos pliegues se ata a la cintura confiriendo grandísima elegancia (yo lo llevo puesto mientras escribo estas líneas). Las mujeres decoran su rostro con el Thanaka, una pasta derivada de la corteza de un árbol utilizada como cosmético y protector solar que se unta en la cara dibujando figuras como si ésta fuera un lienzo. Ambos mascan el Kun Ja u hojas de betel, una mezcla de nuez de areca, tabaco y cal que tiñe los dientes de rojo. Un mejunje que provoca adicción, enfermedades cardiovasculares junto con la caída y ennegrecimiento de los dientes. Dicen que es como comerse un ladrillo, de momento aun no he tenido el valor para probarlo.

Acabé el día visitando un monumento religioso considerado uno de los más impresionantes del Sureste Asiático, el Shwedagon Paya (480 aC). De tamaño abismal, es perfectamente entendible que sea el símbolo del país y un lugar de peregrinación del Budismo. No todos los días se puede observar una estupa gigante de 100 metros de altura recubierta de pan de oro y que contiene reliquias del Buda. El aura de misticismo se nota en el aire.

Yangón ha resultado una excelente puerta de acceso a la cultura y el día a día birmano. Su atmosfera oldie es magnética. La siguiente parada es Bagan, ciudad espiritual del país con más de 4000 templos, considerada como uno de los complejos religiosos abandonados más grande e imponente del mundo. Hasta entonces!