facebook instagram pinterest linkedin

La Great Ocean Road, quintaesencia Australiana

Ningún viaje de mochileros debería terminar sin una ruta on the road, un poco de música y la costa a tu lado mientras conduces. Si te diriges hacia Melbourne en tu viaje por Australia, la Great Ocean Road tiene que estar inevitablemente en tu itinerario. Este magnífico paseo costero es la quintaesencia de Australia.

Construida por los veteranos que regresaron de la Primera Guerra Mundial, fue concebida desde un principio como un recuerdo a los que lucharon en la Gran Guerra. Con sus 240 kilómetros es el monumento-homenaje más grande en el mundo.

Más allá de su importancia histórica, esta carretera está reconocida mundialmente como un increíble recorrido panorámico y es una de las principales razones por las que nadie pasa por alto el estado de Victoria. La costa se ve espectacular independientemente de si el sol brilla o si el cielo está nublado y durante el viaje por carretera puedes descansar en los numerosos miradores escénicos o los pintorescos pueblos costeros. Sea cual sea el clima, este viaje merece ser conducido.

El estado de Victoria es una región conocida por su entorno natural inalterado, es muy fácil tener encuentros cercanos con la vida silvestre. Hay mucha vida salvaje en la región, fui testigo de ello en todo el camino. Hay koalas salvajes en todo el Otways, particularmente alrededor del río Kennett y el río Wye y decenas de canguros comparten el campo de golf de Anglesea con los jugadores.

La naturaleza ofrece un espectáculo estimulante a cada paso en Great Ocean Road. Tener el océano a un lado de la carretera y las llanuras del outback al otro, hizo que viviera sentimiento muy parecido al que pude experimentar mientras conducía por las montañas vietnamitas de Ha Giang; paisajes dramáticos y tranquilidad silenciosa a lo largo de toda la carretera.

Sobre el Mar de Tasmania, destacan imponentes y orgullosos los 12 Apóstoles, el hito de la Great Ocean Road. Gloriosos tanto durante el crepúsculo como durante el alba, fueron creados por erosión de la piedra caliza.  Con el paso de los siglos, las fuerzas de la naturaleza fueron formando cuevas en los acantilados que se convirtieron posteriormente en arcos para después colapsar, dando lugar a estas islas rocosas de hasta 50 metros. Aunque queden solo ocho en pié,  mirar las olas que se estrellan sobre estas torres de piedra es observar en directo el poder de la naturaleza.

Y por si no fuera suficiente, después de la visita a los Apóstoles, coge tu coche y recorre unos 200 metros dirección Melbourne. En cuanto veas un cartel indicando la playa de Gibson Steps, aparca y desciende a la playa a través de los 86 escalones que fueron tallados en la pared del acantilado por el colono local Hugh Gibson. Quedarás eclipsado por los acantilados verticales de 70 metros de altura y con Gog y Magog, los apodos que se le dan a las gigantescas pilas de piedra que emergen del mar. Lo mejor de viajar en el invierno austral es tener todos estos paisajes solo para ti. Poder disfrutar de estos paisajes sin más ruidos que los provocados por las olas rompiéndose contra estos gigantes es una suerte sin precio.

La mejor manera de acabar el recorrido por la Ocean Road es acercarse a la Tower Hill Wildlife Reserve, a las afueras de Port Fairy. En este santuario puedes ver como conviven en armonía koalas, emús, canguros y muchas especies de aves acuáticas que deambulan libremente dentro de un volcán extinto formado hace unos 32.000 años.

Declarado primer parque nacional de Victoria en 1892, no fue hasta el 1961 cuando Tower Hill se convirtió en una reserva estatal bajo el entonces Departamento de Pesca y Vida Silvestre. Comenzó entonces un importante programa de reforestación. En la década de 1980, la vida silvestre se reintrodujo con éxito y hoy en día su gran cantidad de fauna brinda a los visitantes la rara oportunidad de presenciar animales a corta distancia en su hábitat natural.

El tiempo ha demostrado que la reforestación ha sido un éxito y que el paisaje ha logrado cambiar positivamente a lo largo de los años. Se ha pasando  de una cubierta monótona de pastos, pinos y cipreses a una flora mucho más variada y colorida con tonos de verde, gris, verde y amarillo. Tower Hill es un buen ejemplo de que, cuando el ser humano se lo propone puede ayudar a que vuelva la armonía en la naturaleza. En el siguiente video tenéis unas vistas aéreas de este lugar protegido y casa de numerosos seres vivientes.