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Sydney, de asentamiento penitenciario a ciudad icónica

Hasta el siglo XVII, el territorio de la actual Australia ya estaba habitado por el ser humano. Se cree que los aborígenes australianos llegaron a estas tierras vía mar desde el Sudeste Asiático durante la última glaciación, aproximadamente hace 50.000 años.  Se distribuían en 300 clanes, hablaban 250 idiomas y 700 dialectos. Cada clan tenía una conexión espiritual con su territorio, pero también viajaban para comerciar, buscar agua, frutas y verduras además de realizar asambleas rituales y celebraciones religiosas. Los territorios habitados por los aborígenes iban desde los desiertos del outback, las selvas tropicales hasta las montañas nevadas del sur.

En 1770 la llegada de James Cook cambió esta parte del mundo para siempre. El marinero reclamó la costa este del continente para Gran Bretaña y 18 años más tarde, el capitán Arthur Phillip llegó a la costa de Nueva Gales del Sur con 11 barcos para establecer un asentamiento penitenciario para los convictos británicos. Soldados y prisioneros trabajaron para forjar un lugar que al cabo de pocos años se convirtió en la próspera ciudad de Sydney. En la época del descubrimiento y de la colonización, un millón de aborígenes vivían en el continente; seguían siendo cazadores y recolectores. 

Con el tiempo comenzaron a llegar también colonos libres, posteriormente los convictos ganaron la emancipación y la economía evolucionó. Escuelas, iglesias, mercados, tiendas, teatros y una biblioteca florecieron en los terrenos que anteriormente estaban ocupados por la prisión.  La economía post-penal fue impulsada por industrias como la de la caza de ballenas y el comercio de la lana. En 1840 dejaron de llegar convictos desde Inglaterra y dos años más tarde se celebraron las primeras elecciones democráticas. Con ellas los australianos ya podían considerar que vivían en una sociedad libre.

En 1851, con el descubriendo de los yacimientos de oro a las afueras de la ciudad, la inmigración proveniente de Europa, América del Norte y China hizo que la ciudad creciera exponencialmente. Muchos hicieron fortuna y la historia de la ciudad en este momento es rica en historias de celebraciones extravagantes que hubieran sido inimaginables unas décadas antes.

La exuberancia en la arquitectura es el legado de las décadas que siguieron. Lugares como el Ayuntamiento, la Oficina General de Correos y las Oficinas Oficiales del estado, acabados con arenisca local de tonos dorados, son los símbolos de una sociedad floreciente y de un periodo de crecimiento fervoroso.

A fines del siglo XIX Sydney era una de las ciudades más grandes del mundo occidental, su población rondaba el medio millón de personas. Si bien no mantuvo esa posición en el siglo XX, hoy en día Sydney es reconocible en todo el mundo gracias a sus hitos como el Harbour Bridge y la Opera House, icono mundial de la arquitectura.


La convocatoria en 1956 del concurso para la construcción de la Opera House fue éxito, 233 proyectos de más de 30 países buscaban ganar e premio de 100.000 dólares. Se consideró como el concurso de arquitectura más importante desde el final de la 2GM.

El diseño ganador fue el proyecto presentado por el danés Jørn Utzon pese a que fuera un arquitecto joven, con pocos pocos proyectos a su espalda e incluso poco conocido en su país natal. El arquitecto presentó una serie de bocetos y dibujos a mano alzada que encandiló al jurado. En el verano de 1957, Utzon visita Sydney por primera vez. Le esperaba una década de duro trabajo que prácticamente acabarán con su carrera ya que, desde el primer momento, hubo enormes problemas de ejecución. El proyecto original era imposible de obrar, era demasiado avanzado para las técnicas de la época.

El primer gran contratiempo fueron las delicadas cáscaras de hormigón proyectadas para las bóvedas,  no existía aún ningún sistema constructivo que lograra que se sostuvieran. Para más inri, el proyecto original pretendía dejar visto el hormigón de la estructura, otra idea que fue descartada inmediatamente. La solución no tardó en llegar, la nueva propuesta de Utzon asombró a todos por su inmediatez y elegancia.

En lugar de complejas formas parabólicas, se recurrió a la esfera. Todos los segmentos de la cubierta derivarían de una sola esfera virtual de 75 metros de radio, logrando un mejor diseño y una construcción mucho más sencilla y barata. Para los acabados, Utzon se decantó por un material que sea fácil de limpiar, barato y limpio; la cerámica. Después de meses de investigación para buscar el despiece adecuado para una obra de tal magnitud, se consigue un dibujo de azulejos en forma de espina de pez que se colocarían directamente sobre la estructura de las bóvedas. Se realizaron miles piezas de 18 tipologías diferentes.

Pese a superar notables estas dificultades y otras tantas no deleznables (se tuvo que crear un programa de ordenador especial que calculase la estructura), Utzon no pudo seguir trabajando es un gran obra hasta verla completada. Con el cambio de gobierno, el nuevo ministro de Obras Públicas empezó a ejercer un control mucho más estricto sobre la obra. Esto, sumado al hecho de que el coste total del edificio pasara a tener un precio final de 102 millones de dólares (se calculó en tres millones y medio de dólares australianos en 1957), hicieron que las presiones externas se hicieran tan insoportables que Utzon tuvo que abandonar Australia. Seguía así su maldición personal, el arquitecto había ganado siete de los dieciocho concursos en los que se había presentado, pero nunca había visto ninguno de sus diseños construidos.

Con la salida de Utzon, el cargo fue tomado por Peter Hall (una joven promesa australiana) quien tomó el control de las obras, y se hizo responsable del diseño interior. Diversos cambios en el programa, sobre todo en el número y capacidad de los auditorios, han hecho que ninguno de los interiores diseñados por Utzon fuera construido.


Hoy en día, la ciudad más antigua y más grande de Australia es una metrópoli cosmopolita exuberante con 4,6 millones de personas, de las cuales un tercio proviene del extranjero. Esta hermosa ciudad refleja su carácter multicultural, desde la escena culinaria increíblemente diversa hasta la sorprendente mezcla de estilos arquitectónicos.

Presidiarios y reclusos, a los que la dureza del clima y la crueldad de la un lugar salvaje convirtieron en auténticos pioneros, fueron los creadores de una ciudad atrevida y emprendedora. Sydney es un dinámico centro cultural, un crisol de herencia europea y aborigen. Museos, galerías y teatros lo atestiguan. La ciudad también cuenta con una enorme comunidad creativa de artistas, músicos, diseñadores y artesanos, cuenta con varias salidas al mar, entre las cuales la archiconocida playa de Bondi Beach y alberga festivales de todo tipo (como el festival anual de luces VIVID).